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Un aumento exponencial de las ventas de bicicletas y por consiguiente del número de usuarios, unido a la triste realidad de que 4 de cada 10 fallecidos en carretera habían consumido alcohol o drogas antes del momento del accidente, suponen un cóctel mortal que se traduce en la pérdida de vidas humanas inocentes en la carretera.

Todo el mundo parece tener una solución al problema, sobre el aumento del uso de la bicicleta en España se habla y se legisla cada vez más, pero se hace generalmente desde puntos de vista e intereses particulares, desde el corporativismo, desde la improvisación e incluso por desgracia desde la ignorancia, por qué no decirlo.

Ahora bien, quizá todos los que trabajamos en el mundo de la seguridad vial tengamos que plantearnos también nuestra parte de culpa en que hoy cada persona tenga asumido que juega un papel determinado en la vía, y que se hable de peatones, conductores o ciclistas en lugar de hablar de ciudadanos que utilizan la bici, el coche o van andando o en autobús.

Encasillar a las personas en roles determinados conduce a la falta de empatía y comprensión con el resto de usuarios, además de priorizar los derechos de cada uno por encima de los demás y de las circunstancias del entorno.  Un estudio realizado por  Attitudes en 2010, sobre la ansiedad y su influencia en los conductores españoles, decía que disfrutar de la prioridad cuando las señales de tráfico nos dan la razón, o porque vamos circulando correctamente por “nuestro carril” nos produce cierta agresividad.

Ese sentimiento de posesión que hemos trasladado al lenguaje “circulo por mi carril”, “sale por mi derecha” o “la preferencia es mía”, provoca que casi uno de cada tres conductores se muestre más agresivo cuando otro conductor se atreve a arrebatarle esa prioridad de la que goza, y se lo hará saber de la forma más enérgica posible. Esto cuando se hace con un peatón o un ciclista puede llegar sencillamente a acabar con su vida.

La movilidad se enfrenta al reto de la “multimodalidad” en la que personas que se mueven de forma diferente deben convivir usando el limitado espacio que ofrecen las ciudades. Lograr una sana convivencia entre todos es el objetivo principal  y sólo cuando las ciudades estén llenas de ciudadanos que entiendan a los demás, podremos hablar de otras actuaciones más concretas.  Empezar la casa por el tejado no suele ser buena elección.

Ciudades europeas que todos tenemos en mente en las que parece que se ha logrado esta convivencia con éxito – ojo, que no es oro todo lo que reluce – no lo han conseguido de un día para otro, ni tampoco con falta de sufrimiento y víctimas.

En los próximos meses veremos por parte de algunas administraciones medidas para tratar de solucionar  el problema de los accidentes de ciclistas, en algunos casos serán medidas a corto plazo con poco recorrido más allá del titular en los medios de comunicación, en otros directamente parches temporales, pero esperemos que a alguien se le ocurra adoptar medidas con algo más de visión de futuro para solucionar la raíz del problema y no sólo para ocupar portadas o hacerse fotos.

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  • quxo dice:

    La manera de circular determina la educación vial de las personas, pero también de EDUCACIÓN en general. El fuerte debe ayudar al débil, la bicicleta en este caso es el débil.Aplaudo tu artículo Agustín.

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